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La estancia vacía.

Mi mente soltó un, Coño!!…respiré.

Me había despertado en medio de la noche, todos dormían, había tenido un sueño, bueno, más bien un mal sueño, había soñado que no os tenía, sí, ahí estaba yo, solo, tumbado en un sucio colchón, rodeado por una manta incapaz de hacer bien su trabajo.

Ya  no os tenía, todo había perdido sentido, esas sonrisas en el despertar de la mañana, ese beso de enseguida vengo, preparar el desayuno a la gente que quieres, multitud de símbolos que rodean mi vida ya no tenían sentido, el vaho que salía de mi boca dibujaba la soledad.

Me levantaba y bajaba por las escaleras en una irreconocible e inmensa casa, las paredes no desprendían calor y notaba la barandilla más fría de lo normal, el eco de las habitaciones vacías respondían mis pasos.

Luego, me hacía un café, me sentaba en una fría silla, y veía mi imagen como se alejaba…sentado, en bata, y con un café ya frío entre mis manos… En ese momento desperté…respiré y noté una sonrisa entre mi labios.

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El pijama me despertó y la radio me asustó.

No suelo dormir en pijama, odio que algo me tiré del cuerpo provocando tensión durante mi apacible sueño, pero la sensación de frío manda y esa noche no me quedó otro remedio que apostar por el no constiparme, claudicando en mis costumbres de verano.

Si al llevar una ropa que no sueles llevar en la horizontalidad de la noche, le añades unos cascos de música que están unidos por un cable a un aparato de difícil descripción, la posibilidad de no ser una noche reconfortante es bastante alta.

Pero…soy un animal de costumbres humanas y me gusta escuchar la radio en la noche, sí, es algo que creo que en su falta añoraría lo suficientemente como para producirme  el tan temido insomnio, podría afirmar que escuchar la radio por la noche me produce sensación, me reconforta escuchar en la tranquilidad de la noche pensamientos de alguien que está hablando a alguien que sabe que le escucha, escuchar un programa radiofónico a esas horas te crea intimidad, te crea un vínculo no recíproco entre un desconocido y tú, con el añadido de llevar en las ondas algún producto anestésico.

Uno de los despertares más incómodos  en mis noches de letargo, es el despertarme por culpa de la tirantez provocada por mi pijama en mi cuerpo, y acto seguido cuando ya te ha desvelado ese puñetero apéndice  de tela, escuchar la invasión de la pena directa en tus oídos, pena por la que la  gente llama, ya no para buscar solución a sus problemas  sino para encontrar un consuelo silencioso en el anonimato de la fría noches.

No me gusta contar penas, y al contrario de casi toda Maruja ni siquiera cuando no son mías, tengo la opinión de que hablar de pesimismo genera pesimismo en uno y tristeza disimulada en los demás. Tendría que estar prohibido contar penas, a no ser que esa pena viniera de plantear un problema, pues para buscar consuelo parece que se ha inventado algunos programas nocturnos radiofónicos.

La verdadera pena es estar durmiendo como un oso, y que en la mitad de la fría noche uno se despierte porque te tira un puñetero pijama que raras veces te pones, y encima cuando te despiertas, lo primero que escuchas son las penurias de un programa de radio que no habías seleccionado pero tus oídos se lo han encontrado…pero más pena es aún no poder volver a dormir porque uno acaba escuchando lo que no quería escuchar, se es invadido por la tristeza de lo que le narran y no consigue reconciliarse con el sueño porque acaba asustándose del pesimismo antes nombrado.

La gente que llama a esos programas pide gritando solidaridad, y la solidaridad no la proporciona un programa de radio nocturno, la solidaridad la proporciona diferentes puntos de vista y posibles soluciones, no un programa que con voz sensual te invita a que le llenes espacio, no dudo que proporcione consuelo y desahogo, pero solidaridad, no.

Como solución momentánea hasta la bienvenida del verdadero frío, no vuelvo a ponerme el pijama.