Archivo de la categoría: Relatos

La chica más guapa de la ciudad…una de Bukowski.

Cass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio.

Algunos decía que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una maquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.

Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no las sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: “No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas… todo fachada y nada dentro…” Tenía un carácter rayando la locura; Un carácter que algunos calificaban de locura.

C.Bukowski.

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La estancia vacía.

Mi mente soltó un, Coño!!…respiré.

Me había despertado en medio de la noche, todos dormían, había tenido un sueño, bueno, más bien un mal sueño, había soñado que no os tenía, sí, ahí estaba yo, solo, tumbado en un sucio colchón, rodeado por una manta incapaz de hacer bien su trabajo.

Ya  no os tenía, todo había perdido sentido, esas sonrisas en el despertar de la mañana, ese beso de enseguida vengo, preparar el desayuno a la gente que quieres, multitud de símbolos que rodean mi vida ya no tenían sentido, el vaho que salía de mi boca dibujaba la soledad.

Me levantaba y bajaba por las escaleras en una irreconocible e inmensa casa, las paredes no desprendían calor y notaba la barandilla más fría de lo normal, el eco de las habitaciones vacías respondían mis pasos.

Luego, me hacía un café, me sentaba en una fría silla, y veía mi imagen como se alejaba…sentado, en bata, y con un café ya frío entre mis manos… En ese momento desperté…respiré y noté una sonrisa entre mi labios.


….en un suspiro.


Y él me dijo…Luis, en un suspiro, se me ha ido la vida en un suspiro.Las palabras resbalaron de su boca arrugada y sus ojos mantenían la expresión de melancólica confirmación.

Durante ese segundo él se dio cuenta que los diferentes estratos de su vida habían quedado en simples etapas naturales, que la evolución solo había consistido en degradación, y que todo ese mundo virgen de conocimiento que años atrás tenía pensado comerse le había saciado sin haber probado bocado alguno.

Durante ese segundo que me miró a los ojos, él fue consciente, la vida se le había ido en un suspiro.


El pijama me despertó y la radio me asustó.

No suelo dormir en pijama, odio que algo me tiré del cuerpo provocando tensión durante mi apacible sueño, pero la sensación de frío manda y esa noche no me quedó otro remedio que apostar por el no constiparme, claudicando en mis costumbres de verano.

Si al llevar una ropa que no sueles llevar en la horizontalidad de la noche, le añades unos cascos de música que están unidos por un cable a un aparato de difícil descripción, la posibilidad de no ser una noche reconfortante es bastante alta.

Pero…soy un animal de costumbres humanas y me gusta escuchar la radio en la noche, sí, es algo que creo que en su falta añoraría lo suficientemente como para producirme  el tan temido insomnio, podría afirmar que escuchar la radio por la noche me produce sensación, me reconforta escuchar en la tranquilidad de la noche pensamientos de alguien que está hablando a alguien que sabe que le escucha, escuchar un programa radiofónico a esas horas te crea intimidad, te crea un vínculo no recíproco entre un desconocido y tú, con el añadido de llevar en las ondas algún producto anestésico.

Uno de los despertares más incómodos  en mis noches de letargo, es el despertarme por culpa de la tirantez provocada por mi pijama en mi cuerpo, y acto seguido cuando ya te ha desvelado ese puñetero apéndice  de tela, escuchar la invasión de la pena directa en tus oídos, pena por la que la  gente llama, ya no para buscar solución a sus problemas  sino para encontrar un consuelo silencioso en el anonimato de la fría noches.

No me gusta contar penas, y al contrario de casi toda Maruja ni siquiera cuando no son mías, tengo la opinión de que hablar de pesimismo genera pesimismo en uno y tristeza disimulada en los demás. Tendría que estar prohibido contar penas, a no ser que esa pena viniera de plantear un problema, pues para buscar consuelo parece que se ha inventado algunos programas nocturnos radiofónicos.

La verdadera pena es estar durmiendo como un oso, y que en la mitad de la fría noche uno se despierte porque te tira un puñetero pijama que raras veces te pones, y encima cuando te despiertas, lo primero que escuchas son las penurias de un programa de radio que no habías seleccionado pero tus oídos se lo han encontrado…pero más pena es aún no poder volver a dormir porque uno acaba escuchando lo que no quería escuchar, se es invadido por la tristeza de lo que le narran y no consigue reconciliarse con el sueño porque acaba asustándose del pesimismo antes nombrado.

La gente que llama a esos programas pide gritando solidaridad, y la solidaridad no la proporciona un programa de radio nocturno, la solidaridad la proporciona diferentes puntos de vista y posibles soluciones, no un programa que con voz sensual te invita a que le llenes espacio, no dudo que proporcione consuelo y desahogo, pero solidaridad, no.

Como solución momentánea hasta la bienvenida del verdadero frío, no vuelvo a ponerme el pijama.



Dos Suntory Yamazaki en el Bar Cock.

Asiduo de bares, solía frecuentar el alto escalafón de los clubs sociales en las castizas noches madrileñas.

Siempre  iba solo, siempre se recordaba que estando solo uno podía llegar a saborear el momento hasta llegar al aburrimiento, y ahí es cuándo sólo tenía cabida la compañía ocasional, si esta era buena.

Su bar preferido era el Cock de la calle la Reina, ahí encontraba un ambiente graduado, vigilado y mimado por gorilas de traje y corbata que no consentían ningún cambio en la armonía del lugar.

El Cock desprendía ese aire bohemio que sólo conseguían los bares cuidados, amamantados por el buen gusto y no deseosos de venderse a cualquier borracho de cartera rebosante sin un mínimo de exigencia elegante.

Era conocido en el Cock, se creía parte de un decorado hecho a su medida, encontraba las mismas caras de frustración y desidia, todas con un destino concreto,  esa maciza barra de Nogal español.

De vez en cuando en las noches que daban comienzo al fin de semana, se presentaba algún libro de algún escritor de renombre, el lugar invitaba a ello, era  sabido por todos el ambiente literario y cultural del lugar, no era difícil encontrarse a personalidades del mundo literario dialogando con él, su clase, su elegancia extrovertida y sobre todo su personalidad marcadamente  nihilista le hacía considerarse una persona atractiva para el diálogo, siendo también divertida si antes se le había aderezado con alguna copa de su whisky favorito.

Sentado en la barra, el espejo que tenía enfrente invitaba sentarse y así contemplar lo que las botellas dejaban entrever, una imagen distorsionada por el vidrio y difuminada por el humo del ambiente, su copa de whisky con dos hielos, y ese aire de melancolía y mirada perdida de una imagen que pronto dejaba de serle reconocible.

El whisky no tenía la culpa de sus silencios, su burbuja intima sólo se rompía si el que osaba aproximarse era uno de los que él consideraba como amablemente denominaba…colega, para él sus colegas eran como las castas en el Japón feudal, sólo unos pocos elegidos eran dignos de llamarle la atención, todo lo demás lo consideraba simple, vulgar, sin posibilidad de llenar sus inquietudes.

El gesto le cambiaba cuándo uno de sus colegas aparecía en la escena del Cock, en ese momento el libre albedrío de ideas, opiniones y filosofadas cobraban un sentido…y era en esos momentos como castas del Japón feudal cuando los dos amigos hacían un gesto al camarero y este sabiéndose del significado del mismo, les servía dos copas de un Suntory Yamazaki de 12 años, por supuesto con dos cubitos de hielo.




Anoche en las trincheras.

Bajo un hermoso manto de estrellas, agazapado con la incertidumbre aquí me encuentro en medio, entre la vida y la muerte sin entender el motivo de esta absurda guerra.

Sólo veo destellos a lo lejos rompiendo una hermosa noche, llevando anclados los ruidos atronadores que produce la metralla. Hay un momento de silencio, de como si no pasara nada que me permite pensar, intentar liberar mi miedo, porque sí, sí tengo miedo, miedo por desperdiciar una vida feliz encontrándome en una guerra que no es la mía, tengo miedo por tener como objetivo destrozar una vida que se encuentra a unos pocos metros, ahí en el frente y tengo miedo por encontrarme a la muerte en cada segundo de mi existencia sabiendo que en algún momento se cansará de esperar y querrá llevarme. Sí tengo mucho miedo.

Se acerca un compañero y mirarnos se convierte en reflejos de nuestras almas, nos preguntamos con la mirada el por qué de estar aquí, qué sentido tiene el luchar por algo que es tuyo de todas, que te pertenece por ser uno mismo, qué sentido tiene luchar por la vida…todos tenemos la nuestra.

En un bolsillo de la camisola guardo  mi carta, escribiendo en ella, ese vetusto papel se convierte en mi confesor, leerla se convierte en mi medicina regalándome fuerzas y motivos para sobrevivir, va dirigida a ella, a los niños, a la sociedad, a quien la quiera leer.

En ella se refleja mis lágrimas, mis miedos, mis recuerdos de algo que hace tiempo viví y bien sabe Dios que quiero volver a vivir, pero sobre todo en esta carta se refleja una lección humana de algo que no debería haber sucedido.

Mi compañero ya se ha ido, no nos dejan estar mucho tiempo juntos, se ha ido a su puesto, le veo, la gorra le delata y su presencia se confirma cuándo me habla, incluso nos reímos, es un modelo de risa nerviosa, pero nos reímos, no nos sentimos solos entre la oscuridad y los ruidos de metralla, es nuestra única manera de vencer al miedo.

Se oyen explosiones cada vez más cercanas, el ruido de la metralla me avisa de que vamos perdiendo terreno, tengo miedo. Una estruendosa explosión me encoge y me hace chillar como a un niño. La polvareda vuelve a su sitio quedándose parte en mi cara junto con mis lágrimas, dejándome ver poco a poco, llamo a mi compañero, no contesta, mi compañero ya no habla. Con lágrimas en los ojos, el miedo me paraliza, estoy sólo, me aferro a mi carta, cierro los ojos y recuerdo poco tiempo atrás lo feliz que era… escucho un silbido y acto seguido se escucha una explosión.

Por fin el miedo se ha ido…Ya no tengo miedo.


Un mundo en un tablón de anuncios.

En un rectángulo precario  se unían la necesidad y el ofrecimiento en forma de pequeños trozos de papel con un número de teléfono como firma, colgados con chinchetas en un  tablón de anuncios descorchado, indiferente para los satisfechos que día a día transcurrían por los pasillos.

Esos trozos de papel, desaliñados miraban con cara de atención a los viandantes que se les cruzaban, unos miraban con cara de ofrecimiento y otros con cara de necesidad, dejando pasar el tiempo y dejándose cuartear por él.

Sonreían en el momento que alguien se paraba enfrente de ellos, les observaban esas caras de concentración en su búsqueda, convirtiéndose luego en satisfacción al encontrar lo que habían venido a buscar. Era su trabajo, su función, ellos disfrutaban cada vez que les recortaban una tira con el número de teléfono esperando que viniera su dueño para liberarlo de esa dulce prisión para sentirse satisfechos de haber realizado bien su trabajo.

Realmente todos los habitantes de ese pequeño mundo en forma de rectángulo disfrutaban, estaban convencidos de que la labor que desempeñaban era necesaria, nunca habían dudado en sentir que había un nexo de unión entre las personas y las necesidades.

Se sentían tan importantes que incluso existía una organización dentro del tablón, ellos mismos se organizaban en clasificados, ninguno era más importante que nadie, unos ofrecían un apartamento para compartir, otros vendían el Frigo que ya no daban uso, incluso había anuncios que solamente informaban, cada uno a su manera buscaba la manera de llamar más la atención, quien más y quien menos se lo curraba para sentirse especial y único, aunque sabían perfectamente que la atención estaba en si lo que ofrecían se ajustaba a esa persona anónima que tenían enfrente.

El tablón de anuncios  siempre rezumaba vida, unos se daban la bienvenida mientras  otros se despedían. Esos pequeños anuncios  de papel  se sabían parte de sus dueños formando parte de sus sueños, al fin y al cabo sabían que todos se necesitaban y todos siempre les iban a necesitar. Todo era un vuelta a empezar.

Concurso de relatos sobre anuncios clasificados de tablondeanuncios.com