La estupidez disfrazada de felicidad.


La relación especial con la estupidez comienza cuando te das cuenta de que no eres ya ningún crío, que no tienes edad para realizar locuras e incluso cuando te antepones una vejez anticipada que tu cuerpo aún no refleja, pero sí que tu cerebro se la cree por la relativa experiencia adquirida por los años.

Somos estúpidos, en conciencia sólo cuando crecemos, cuando somos niños solamente somos ingenuos, una ingenuidad altamente ligada a la irresponsabilidad y a la adrenalina borracha permitida por la escasez de experiencia y conocimiento.

Realmente nos perdemos algo en nuestra etapa adulta?, Merece la pena ser adulto?…Gran parte de la contestación la podemos obtener en un famoso síndrome, el síndrome Peter Pan, porque realmente es eso, un síndrome y no una enfermedad, el que lo padece se niega, no a que su cuerpo crezca, sino a que su cerebro se adapte al ambiente social que no cesa de exigir responsabilidades  como persona adulta que es.

Le obliga a frenarse, a ver dibujos animados medio a escondidas, a disimular un mundo paralelo al real que le quita varias horas al día en un juego de videoconsola, a buscar la infantilidad de los sentidos con ayuda de alguna droga permisiva, y sobre todo le obliga  a escuchar a un subconsciente que no para de pelear con los recuerdos de la niñez o adolescencia.

Somos una generación que hemos tenido la suerte de no vivir guerras, dictaduras tiránicas, la sociedad no nos pidió que nos hiciéramos hombres de repente para sacar adelante una familia o luchar en una guerra contra el enemigo.

Tampoco tenemos la culpa de nuestra irrealidad, nos han inyectado en el biberón una sociedad de consumo que principalmente vende estupideces y estas se ven reflejadas en la cara de nuestros mayores cuando ven al niño que ya tiene quince años y no para de quejarse y maldecir el día que nació porque mamá no le ha comprado el último modelo de zapatillas, esos ojos que le observan cansados por toda una vida, no entiende nada, él no se puso a patalear cuando a su misma edad se lo llevaron al 8º batallón en Julio del 36.

Sólo hay que ver a mi generación, confundida con la multitud de opciones de ocio estúpidas que nos ofrecen y en muchos momentos elegimos, hemos dejado las relaciones sociales al simple hecho de utilizar una relación como cooperación por un mismo fin, poca gente ya da la opinión de una película de cine porque simplemente no le interesa perder el tiempo viéndola, y no digamos de un libro, lo único que se salva es la música, pero se salva por considerarse una herramienta de juerga.

Creo que mi generación padecemos en mayor o menor medida esta “deformación” socio-genética. No creo que sea malo, lo único que creo es que nos estaríamos engañando si realmente pensáramos que todas estas pequeñas cosas pueden sustituir a las relaciones con los demás.

La sociedad de consumo nos ha ofrecido multitud de estupideces materiales disfrazadas de felicidad, y realmente sólo nos ha vendido sensaciones vestidas de humo.

Por suerte herramientas como Twitter facilita el enriquecimiento personal ayudando a no perder las tan importantes relaciones sociales para nuestra “especie”.


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