Anoche en las trincheras.


Bajo un hermoso manto de estrellas, agazapado con la incertidumbre aquí me encuentro en medio, entre la vida y la muerte sin entender el motivo de esta absurda guerra.

Sólo veo destellos a lo lejos rompiendo una hermosa noche, llevando anclados los ruidos atronadores que produce la metralla. Hay un momento de silencio, de como si no pasara nada que me permite pensar, intentar liberar mi miedo, porque sí, sí tengo miedo, miedo por desperdiciar una vida feliz encontrándome en una guerra que no es la mía, tengo miedo por tener como objetivo destrozar una vida que se encuentra a unos pocos metros, ahí en el frente y tengo miedo por encontrarme a la muerte en cada segundo de mi existencia sabiendo que en algún momento se cansará de esperar y querrá llevarme. Sí tengo mucho miedo.

Se acerca un compañero y mirarnos se convierte en reflejos de nuestras almas, nos preguntamos con la mirada el por qué de estar aquí, qué sentido tiene el luchar por algo que es tuyo de todas, que te pertenece por ser uno mismo, qué sentido tiene luchar por la vida…todos tenemos la nuestra.

En un bolsillo de la camisola guardo  mi carta, escribiendo en ella, ese vetusto papel se convierte en mi confesor, leerla se convierte en mi medicina regalándome fuerzas y motivos para sobrevivir, va dirigida a ella, a los niños, a la sociedad, a quien la quiera leer.

En ella se refleja mis lágrimas, mis miedos, mis recuerdos de algo que hace tiempo viví y bien sabe Dios que quiero volver a vivir, pero sobre todo en esta carta se refleja una lección humana de algo que no debería haber sucedido.

Mi compañero ya se ha ido, no nos dejan estar mucho tiempo juntos, se ha ido a su puesto, le veo, la gorra le delata y su presencia se confirma cuándo me habla, incluso nos reímos, es un modelo de risa nerviosa, pero nos reímos, no nos sentimos solos entre la oscuridad y los ruidos de metralla, es nuestra única manera de vencer al miedo.

Se oyen explosiones cada vez más cercanas, el ruido de la metralla me avisa de que vamos perdiendo terreno, tengo miedo. Una estruendosa explosión me encoge y me hace chillar como a un niño. La polvareda vuelve a su sitio quedándose parte en mi cara junto con mis lágrimas, dejándome ver poco a poco, llamo a mi compañero, no contesta, mi compañero ya no habla. Con lágrimas en los ojos, el miedo me paraliza, estoy sólo, me aferro a mi carta, cierro los ojos y recuerdo poco tiempo atrás lo feliz que era… escucho un silbido y acto seguido se escucha una explosión.

Por fin el miedo se ha ido…Ya no tengo miedo.


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