Un velero en su inmensidad.


La cubierta reluciente, parecía estar hecha de porcelana, la magnitud de la vela mayor confiada en gobernar a los traviesos vientos alisios daba ese aire de gobernabilidad que verdaderamente poseía.

Navegar siempre había sido para mí un reto, mezcla de una valentía incompetente y una repetitiva tenacidad, siempre me mareaba, en el momento que mi vista empezaba a disfrutar de la inmensidad de un vacío en movimiento, mi estómago se revelaba y se unía a mi cerebelo pidiéndome que me estuviera quieto. Yo como un tonto rogaba y rogaba a las olas que cesaran de su hipnótico baile para poder disfrutar de esa inmensidad en forma de manto azul corrugado que tanto me apasionaba.

Por suerte, el capitán del velero supo leer entre líneas, no era difícil, pues me encontraba con la cabeza colgando sobre la Borda luchando con toda mi alma frente a ese imantado fondo azul. Recogió la vela y casi al instante, al unísono el barco poco a poco se fue estabilizando hasta el punto de apercibirse un suave balanceo acunándome.

En los mismos instantes que el barco se fue estabilizando, mi ser volvió a ser mi yo. Al levantar la vista mi rostro se dio cuenta de que el viento había amainado hasta convertirse en una leve brisa, suficiente para mitigar el abrasador sol que castigaba mi osadía.

Sólo veía agua, me pregunté que tipo de fascinación podía tener el mar para que algo tan monótono y a la vez tan bello pudiera hipnotizar a todo aquel que osaba probarlo, al fin y al cabo, en tierra, la montaña y el campo te ofrecía diferentes matices con diferentes tonalidades conforme ibas explorando.

Al ver al viejo capitán sabía que todas mis preguntas tenían a él como respuestas. Ese aire de seguridad, se saberse poseedor de la porción de mar que navegaba me dio a entender que lo que realmente hipnotizaba del mar era ese control de la libertad, el mar daba libertad, aún siendo algo tan monótono el mar no se regía apenas por norma alguna, estabas tú y el vacío en forma de agua salada, te daba soledad pero también autosuficiencia.

Eso era lo que dibujaba la cara curtida por el sol del viejo capitán. El saberse tener el control de la libertad en un inmenso vacío que sólo él podía proporcionar formando antítesis de un prisionero en su propia libertad.

Cerré los ojos para dejar potenciar mis otros sentidos, la brisa acarició mi cara, el olor a salitre embadurnó mi olfato, la sal del ambiente la percibió mi gusto y el traqueteo de las olas colisionando con el velero ofreció música a mis oídos, y ahí en ese preciso espacio-tiempo, con los ojos aún cerrados entendí qué era lo que tenía que sentir en las calurosas noches de luna llena a bordo de su velero el viejo y solitario capitán.


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