Las paranoias de Einstein.


albert-einstein-1Cuando Einstein se dio cuenta de que, según su primera formulación de la relatividad general, el universo tenía que estar expandiéndose o contrayéndose, introdujo en las ecuaciones un factor de corrección –la denominada “constante cosmológica”– para eliminar el supuesto error, pues daba por sentado, como todos en aquel momento, que el universo era estático.

Cuando se descubrió que el universo se expandía y que, por tanto, las predicciones de la relatividad eran correctas, Einstein dijo abochornado que la constante cosmológica había sido el mayor error de su vida. Pero si levantara la cabeza tal vez dijera que su mayor error fue precisamente descartar como errónea la constante cosmológica, pues podría ser una forma de expresar esa misteriosa energía oscura que, según hoy sabemos, hace que el universo se expanda de forma acelerada.

La historia de la ciencia está llena de este tipo de “metaerrores” –erróneas descalificaciones de supuestos errores–, e incluso se podría decir que prácticamente todos los descubrimientos revolucionarios inducen en algunas personas e instituciones –cuando no en todo el mundo– el metaerror de considerarlos erróneos.

La teoría heliocéntrica de Copérnico, confirmada por Galileo hace exactamente cuatrocientos años, y la evolución de las especies a partir de la selección natural, de cuyo descubridor estamos celebrando el segundo centenario, son tal vez los más clamorosos ejemplos de formidables aciertos científicos rechazados en su momento como errores inadmisibles.

En cualquier caso, aunque su equiparación con la energía oscura resultara ser un espejismo, como opinan algunos físicos, ya nadie pensará en la constante cosmológica como el gran error de Einstein; entre otras cosas, porque hay un candidato mucho mejor, un “error” más pertinaz y menos fecundo: las “variables ocultas”,( En Física, llamamos teorías de variables ocultas a formulaciones alternativas que suponen la existencia de ciertos parámetros desconocidos que serían los responsables de las características estadísticas de la mecánica cuántica.), que en vano buscó durante treinta años para refutar el indeterminismo cuántico.

Pero ¿podemos afirmar que Einstein se equivocó al intentar demostrar que Dios no juega a los dados? En absoluto: al seguir los dictados de su intuición, hizo lo que tenía que hacer, aunque al parecer no llegara a ninguna parte.

Si el joven Einstein les hubiera contado a sus amigos que, cual héroe becqueriano, se pasaba las horas muertas persiguiendo mentalmente un rayo de luz, habrían dudado de su cordura. Y sin embargo esta persecución obsesiva lo llevó a la sublime meta de la relatividad, es decir, a la refundación de la física.

Adónde podría haberlo llevado con el tiempo la búsqueda de las variables ocultas, nadie lo sabe. Todavía.

EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI  Escritor y Matemático.


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