Ver Nueva York corriendo.


Ayer fue la maratón de New York city, podemos decir que es considerada la prueba más importante y espectacular del calendario anual en cuanto a esto de machacarse durante más de 42 kilómetros. El brasileño Marilson Gomes Dos Santos repitió este domingo su victoria de 2006, en tanto la británica Paula Radcliffe también volvió a festejar un triunfo, en su caso por tercera vez. 

Dos Santos hizo un tiempo de 2:08,43 horas y le sacó 24 segundos de ventaja al marroquí Abderrahim Goumri (2:09,07), quien en 2007 ya había sido segundo. El tercer lugar fue para el keniata Danel Rono (2:11,22).

La victoria general en la Serie Mundial de Maratón 2007/2008 correspondió al también keniata Martin Lel, quien se llevó un cheque de 500 mil dólares, al igual que la alemana Irina Mikitenko, quien desde el palco vio cómo sus rivales por el premio, la etíope Gete Wami y la keniata Catherine Ndebera, en la pista se quedaban sin opciones.

Quien festejó a lo grande fue Radcliffe, defensora del título y segunda mujer en la historia en cantar victoria tres veces en el Maratón de Nueva York (también ganó en 2004), después de la noruega Grete Waitz, triunfadora en nueve oportunidades en la “Gran Manzana”.

Radcliffe hizo ayer un tiempo de 2:23,56 horas y postergó al segundo puesto a la rusa Ludmila Petrova (2:25,43). El tercer escalón del podio fue ocupado por la debutante Kara Goucher (2:25:52), la primera estadounidense en terminar entre las tres primeras corredoras del maratón neoyorquino en los últimos 14 años.

Os dejo un interesante artículo de Javier G. Lifona, colaborador de El Mundo, analizando y describiendo esta bonita carrera.

NUEVA YORK.- Tanto se ha visto, oído y leído de Nueva York que poco más se puede contar sin no caer en la repetición. Quien más o quien menos ha visto alguna vez en el cine sus impresionantes rascacielos, sus grandes avenidas, sus puentes, sus barrios de afroamericanos, chinos o judíos, Central Park, Wall Street, la Estatua de la Libertad y sus magníficos museos. A Nueva York se le pueden reprochar muchas cosas, es obvio que tiene defectos, pero está tan presente en nuestras vidas que sólo se le puede desear una cosa: larga vida.

 

A tenor de lo visto y vivido en el Maratón de Nueva York, tenía razón E. B. White hace 60 años cuando escribió que quien toma la decisión de ir a vivir a Nueva York es por “un exceso de espíritu”. No se comprendería, aseguraba el escritor, que alguien emigrara a esta ciudad sin el deseo de ser afortunado. Esa misma sensación es la que producen los neoyorquinos más de medio siglo después. Ninguna ciudad en el mundo se vuelca tanto en la celebración de un acontecimiento deportivo como el maratón. Eso se ve en las calles.

Impresiona ver al distrito entero de Brooklyn, el más poblado de Nueva York con más de 2.300.000 habitantes, animando a los corredores. No sólo animan, también participan y se divierten como un atleta más. Me habían advertido de lo bonito que era correr por la 1ª Avenida de Manhattan, con miles de personas esperando a los atletas al bajar el puente de Queens. Pero nada me habían dicho de lo emocionante que es atravesar Brooklyn.

A diferencia de Manhattan, donde se concentran los familiares y amigos de los corredores, en Brooklyn te aplauden los vecinos del barrio, a los que de nada conoces y a los que nunca volverás a ver. Familias enteras de afroamericanos cantan y bailan al ritmo de la música que toca la orquesta del colegio, sus hijos. Hay bandas para todos los gustos: gospel, soul, jazz, rap, rock, ‘trance’ e incluso la banda sonora de Rocky. Si llevas tu nombre impreso en la camiseta gritan tu nombre al pasar a su lado, y te animan, chocan sus manos con las tuyas, te ofrecen agua, fruta y pañuelos de papel. “Go, Daniel, go”. Tanta generosidad es impagable.

El momento de éxtasis es tan pleno que se te dibuja una enorme sonrisa, se te ponen los pelos de punta y te olvidas del esfuerzo, el frío y de lo que aún falta por delante. Los kilómetros y las millas pasan volando y ya no miras el pulsómetro, porque si lo hicieras verías que el corazón late como loco. Atrás quedan las cuatro horas de espera en el Puente de Verrazano, el madrugón, el viento helado de la Bahía de Nueva York, los nervios y las ganas de empezar a correr y a vivir una experiencia inigualable.

En Brooklyn sólo hay un vecindario que permanece ajeno al maratón, el barrio judío. Allí el domingo es laborable, el sábado es el día de descanso semanal, y los ortodoxos barbudos van camino del trabajo con sus dos bucles en el pelo, sombrero y ropa negra hasta los tobillos. Caminan por la acera con indiferencia, sin dirigir una sola mirada a los miles de corredores que han invadido su barrio, y sólo los niños que acaban de salir del colegio intentan tocar tu mano. Todos llevan trenzas y uniforme, pero su sonrisa es idéntica a la de cualquier otro niño.

Atravesar los temibles Bronx y Harlem no impresiona tanto como el apacible Brooklyn. Supongo que los vecinos tendrán otros problemas más importantes que salir a la calle un domingo para animar a 40.000 extraños que no les ayudarán a cambiar sus vidas. Los más afortunados, eso sí, se encuentran trabajando en los hoteles, tiendas y restaurantes que frecuentan los atletas antes y después del maratón.

El momento de máxima euforia llega al entrar en Central Park por la 5ª Avenida, otro punto donde se concentran los familiares y amigos de los corredores. Ya sólo quedan dos kilómetros en los quealgunos no pueden evitar pararse o caminar. Como se dice en el argot deportivo, vas recogiendo ‘cadáveres’, con perdón a los cadáveres. Y es que como dice mi compañero de habitación, Ricardo Salvador Rovira, lo importante es acabar los 42,196 kilómetros corriendo. En este caso han sido 26,2 millas. Y hay medallas para todos.


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