Archivo de la etiqueta: Relato corto

Con Nietzsche en el espejo.

Era un día veraniego,me encontraba absorto por los acontecimientos, habían transcurrido suficientes años y las situaciones empezaban a interferir en mi cabeza. Nunca había encontrado explicación alguna al por qué, el motivo, pero sucedía. Mi vida se reflejaba ante mis pupilas, una vida demasiado corta recordada como una película muda, todo ello a cambio de un cuerpo ya envejecido.

Siempre me había parecido curioso y a la vez un poco estúpido mirar y contemplarse uno delante de un espejo, el espejo lo consideraba el símbolo del narcicismo y lo veía incluso como la peor mentira que puede hacerse uno cara a los demás,pero, por lo que fuera yo lo buscaba, es más, si lo pretendía conseguía vaciarme con el miedo hasta hacerlo reír, si cerraba los ojos sentía la insatisfacción del que no acaba un trabajo, si los abría volvía la desilusión.

Innumerables veces me había encontrado en la madrugada perturbada, ahí, en mi austero cuarto de baño, apoyando las palmas de las manos sobre la fría y húmeda loza, cabizbajo observando vagamente el caer de mis lágrimas, recreándome en su resbalar junto a las gotas de agua.

Nunca le había encontrado sentido a llorar, siempre había creído que llorar solo te permitía derrumbarte aún más en tu desesperación, pero no lo podía remediar, por entonces estaba convencido de que si conseguía prohibirme todo sentimiento ya no lloraría, ya no sufriría.

Esa madrugada noté el frío físico, no era de extrañar, esa noche refrescaba y yo descalzo, en calzoncillos y con camiseta de tirantes, el frío embadurnó todo mi cuerpo. Era extraño porque aquel frío vino de repente, acariciando todo su sentido en mi piel erizada, aunque no para sentirme lo suficientemente incómodo como para romper el momento buscando algo con qué taparme.

El cansancio tampoco ayudaba, realmente no ayudaba nada, no encontraba ninguna explicación al despertar sin motivo aparente a esas horas de la madrugada, algo había desestabilizado mi descanso y algunas partes de mi cabeza lo sabían, las más despistadas no se habían enterado.

Y ahí me encontraba yo, una persona que al mirarse al espejo se preguntaba si había cubierto todas sus expectativas, si se había colmado en insatisfacciones, si no habían sido ya demasiados golpes sin sentido provocando inconscientemente un daño ya irreparable.

Miré al espejo y recordé ese mismo gesto de crío y de adolescente, y empecé a entender por qué se le había dando tanta importancia a la voluntad, recordé la famosa voluntad de poder Nietzscheana y llegué a la conclusión de que la vida es sólo una sensación, pero no una sensación generalizada, es una sensación del momento, del aquí y ahora, una sensación subjetiva…sentirse vivo o muerto depende de cada uno, depende de esa voluntad y todo lo demás solo te sirve para corroborarlo.



Dos Suntory Yamazaki en el Bar Cock.

Asiduo de bares, solía frecuentar el alto escalafón de los clubs sociales en las castizas noches madrileñas.

Siempre  iba solo, siempre se recordaba que estando solo uno podía llegar a saborear el momento hasta llegar al aburrimiento, y ahí es cuándo sólo tenía cabida la compañía ocasional, si esta era buena.

Su bar preferido era el Cock de la calle la Reina, ahí encontraba un ambiente graduado, vigilado y mimado por gorilas de traje y corbata que no consentían ningún cambio en la armonía del lugar.

El Cock desprendía ese aire bohemio que sólo conseguían los bares cuidados, amamantados por el buen gusto y no deseosos de venderse a cualquier borracho de cartera rebosante sin un mínimo de exigencia elegante.

Era conocido en el Cock, se creía parte de un decorado hecho a su medida, encontraba las mismas caras de frustración y desidia, todas con un destino concreto,  esa maciza barra de Nogal español.

De vez en cuando en las noches que daban comienzo al fin de semana, se presentaba algún libro de algún escritor de renombre, el lugar invitaba a ello, era  sabido por todos el ambiente literario y cultural del lugar, no era difícil encontrarse a personalidades del mundo literario dialogando con él, su clase, su elegancia extrovertida y sobre todo su personalidad marcadamente  nihilista le hacía considerarse una persona atractiva para el diálogo, siendo también divertida si antes se le había aderezado con alguna copa de su whisky favorito.

Sentado en la barra, el espejo que tenía enfrente invitaba sentarse y así contemplar lo que las botellas dejaban entrever, una imagen distorsionada por el vidrio y difuminada por el humo del ambiente, su copa de whisky con dos hielos, y ese aire de melancolía y mirada perdida de una imagen que pronto dejaba de serle reconocible.

El whisky no tenía la culpa de sus silencios, su burbuja intima sólo se rompía si el que osaba aproximarse era uno de los que él consideraba como amablemente denominaba…colega, para él sus colegas eran como las castas en el Japón feudal, sólo unos pocos elegidos eran dignos de llamarle la atención, todo lo demás lo consideraba simple, vulgar, sin posibilidad de llenar sus inquietudes.

El gesto le cambiaba cuándo uno de sus colegas aparecía en la escena del Cock, en ese momento el libre albedrío de ideas, opiniones y filosofadas cobraban un sentido…y era en esos momentos como castas del Japón feudal cuando los dos amigos hacían un gesto al camarero y este sabiéndose del significado del mismo, les servía dos copas de un Suntory Yamazaki de 12 años, por supuesto con dos cubitos de hielo.




Anoche en las trincheras.

Bajo un hermoso manto de estrellas, agazapado con la incertidumbre aquí me encuentro en medio, entre la vida y la muerte sin entender el motivo de esta absurda guerra.

Sólo veo destellos a lo lejos rompiendo una hermosa noche, llevando anclados los ruidos atronadores que produce la metralla. Hay un momento de silencio, de como si no pasara nada que me permite pensar, intentar liberar mi miedo, porque sí, sí tengo miedo, miedo por desperdiciar una vida feliz encontrándome en una guerra que no es la mía, tengo miedo por tener como objetivo destrozar una vida que se encuentra a unos pocos metros, ahí en el frente y tengo miedo por encontrarme a la muerte en cada segundo de mi existencia sabiendo que en algún momento se cansará de esperar y querrá llevarme. Sí tengo mucho miedo.

Se acerca un compañero y mirarnos se convierte en reflejos de nuestras almas, nos preguntamos con la mirada el por qué de estar aquí, qué sentido tiene el luchar por algo que es tuyo de todas, que te pertenece por ser uno mismo, qué sentido tiene luchar por la vida…todos tenemos la nuestra.

En un bolsillo de la camisola guardo  mi carta, escribiendo en ella, ese vetusto papel se convierte en mi confesor, leerla se convierte en mi medicina regalándome fuerzas y motivos para sobrevivir, va dirigida a ella, a los niños, a la sociedad, a quien la quiera leer.

En ella se refleja mis lágrimas, mis miedos, mis recuerdos de algo que hace tiempo viví y bien sabe Dios que quiero volver a vivir, pero sobre todo en esta carta se refleja una lección humana de algo que no debería haber sucedido.

Mi compañero ya se ha ido, no nos dejan estar mucho tiempo juntos, se ha ido a su puesto, le veo, la gorra le delata y su presencia se confirma cuándo me habla, incluso nos reímos, es un modelo de risa nerviosa, pero nos reímos, no nos sentimos solos entre la oscuridad y los ruidos de metralla, es nuestra única manera de vencer al miedo.

Se oyen explosiones cada vez más cercanas, el ruido de la metralla me avisa de que vamos perdiendo terreno, tengo miedo. Una estruendosa explosión me encoge y me hace chillar como a un niño. La polvareda vuelve a su sitio quedándose parte en mi cara junto con mis lágrimas, dejándome ver poco a poco, llamo a mi compañero, no contesta, mi compañero ya no habla. Con lágrimas en los ojos, el miedo me paraliza, estoy sólo, me aferro a mi carta, cierro los ojos y recuerdo poco tiempo atrás lo feliz que era… escucho un silbido y acto seguido se escucha una explosión.

Por fin el miedo se ha ido…Ya no tengo miedo.


Pasaba por aquí, pero ya me iba, Adiós.

Cabello largo, inteligente, se le adivinaba tristeza en su mirada, la falta de costumbre le dibujó en su rostro melancolía. Siempre se preguntaba cuál era el motivo para darse cuenta del tiempo que inevitablemente transcurría, que no volvería…lo asumía a su perpetuo estado de melancolía, enferma melancolía solamente digerida por el cristal frío de una botella de Vodka.

Lo pensó y ese fue el comienzo del fin, siempre había creído que era feliz, la risa fácil la denotaba, el llanto le huía, la verborrea escupía a los presentes. Lo pensó, cometió el gran error de buscar respuestas en vez de ignorar las preguntas, la felicidad sólo es un estado inconsciente que dura hasta que eres consciente de ella. Ese era el precio a pagar por sentir un  extremo….

Envidió la ignorancia en las eventualidades de la vida, detestaba creer que la vida sólo es un estado de continuos cambios de la nada……

Viajaba sola como el que no tiene a donde ir, un vetusto asiento de tren le abrazaba con su frío cuero, un vagón llamado Esperanza por un grafitero le refugiaba de su mundo, las gotas de agua de la ventana se mezclaban con sus lágrimas..Leía a un tal Bukowski…le confortaba esa rebeldía de la felicidad hecha a medida.

Levantó la mirada, se miraron, presintió la desnudez de la consciencia en su pensamiento, saludó con una sinuosa sonrisa ignorándola desde su burbuja de cristal.

La asiduidad de la rutina diaria no conseguía despertarla del aletargamiento que sin darse cuenta estaba autosomentiéndose…..algo le llamo la atención, la lectura de un libro de Panero, el sinuoso saludo diario ya no era simple rutina cortés…..sonrió sin mirar.

Un lento traqueteo denotaba la llegada al destino, el andén se convirtió e un momento de inflexión producido por un leve cruce de miradas…suficientes para borrar de una vez por todas esas miradas melancólicas, se le acercó la tristeza y le dijo después del comienzo de su sinuosa sonrisa: Pasaba por aquí, pero ya me iba, Adiós.


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.