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Las Redes Sociales al rescate.

Repasando la evolución de la World Wide Web desde sus principios en un no tan lejano 1993 hasta  la actualidad uno comienza a hacer balance de su evolución, dicen que toda evolución tiene su revolución y esta revolución esta basada sin duda en  las redes sociales. Redes sociales nacidas  de la verdadera filosofía de Internet, la libertad.

Internet ha servido para explotar la utilización de información gratuita y opinable de una forma sencilla, en ningún momento hemos dejado de sentirnos dueños del comentario en un Chat, un Tweet o un “Me gusta”, porque en ningún momento nos ha importado transmitir esas opiniones tan nuestras para dejarlas crecer con la ayuda de otros en la Red.

La filosofía de las redes sociales es esa, compartir lo que en un principio pensamos que es intimidad, pero que no sirve de nada si no la dejamos fluir en un medio.

Internet como útero materno y en su momento los Chat, herramientas de mensajería y ahora las redes sociales han conseguido lo contrario a lo que una sociedad con un biorritmo descontrolado nos había obligado acatar, las redes sociales han conseguido que nos movamos por la red ya no sólo participando sino saboreando el día a día, hasta convertirlo no en una sustitución de las relaciones sociales, sino en un complemento como medio para poder ir incrementándolas.

Saborear, eso es lo que hacemos, me resulta un verdadero placer ingresar en Facebook o Twitter y ver como la gente disfruta compartiendo lo especial de su día a día, llegando a un nivel comunicativo suficiente como para romper distancias y soledades, porque la gente quiere compartir, dar, empatizar y reconocer lo que una sociedad loca y vertiginosa nos ha quitado.

Facebook, twitter, identi.ca, Blip…permite la verdadera indiosincrasia de internet, no sólo estar todos conectados sino estar CON todos comunicados.


Labordeta.

Andar con sabiduría, sentirse un ignorante y ocultar tras un bigote alientos de nobleza.

Nos agasaja con canciones dedicadas a esa insolidaria  joven llamada libertad.

El sentido común convencido, cantado a los que no quieren escuchar, viajar donde no quieren viajar

aprendiendo la lección que los libros no enseñan o la vida no te deja llegar.

Sí, le conozco y el  hace engrandecer la sencillez en la gente hasta hacerla inmensa.

Esa inmensidad se hace escuchar por los que no quieren escuchar, se hacer respetar a los que

ridiculizan la verdad, y si no nos respetan  los manda a la mierda, y ese “a la mierda” suena como látigo

en jaula acallando trajes vacíos.

Lo veo, lo ven filosofando con vocación, sin selección, por despecho, con la nobleza por norma.

Sé que tienes una mochila y que en ella guardas cariño, afecto y todo un país.

Te he visto capaz de convertir esculturas de arena política en figuras solemnes griegas.

Pero el paso del tiempo tristemente enjuicia y te hace refugiarte en una soledad como sólo hace sentir

la enfermedad, y esa enfermedad llama a la entrañable muerte y esta te  besa.

Te besa llorando, sabedora de sentirte inmortal, sabedora de que ya no le cantarás.

Miro al cielo y veo reflejado sobre una Zaragoza triste…lágrimas de despedida por

un hasta siempre.

D.E.P




Un velero en su inmensidad.

La cubierta reluciente, parecía estar hecha de porcelana, la magnitud de la vela mayor confiada en gobernar a los traviesos vientos alisios daba ese aire de gobernabilidad que verdaderamente poseía.

Navegar siempre había sido para mí un reto, mezcla de una valentía incompetente y una repetitiva tenacidad, siempre me mareaba, en el momento que mi vista empezaba a disfrutar de la inmensidad de un vacío en movimiento, mi estómago se revelaba y se unía a mi cerebelo pidiéndome que me estuviera quieto. Yo como un tonto rogaba y rogaba a las olas que cesaran de su hipnótico baile para poder disfrutar de esa inmensidad en forma de manto azul corrugado que tanto me apasionaba.

Por suerte, el capitán del velero supo leer entre líneas, no era difícil, pues me encontraba con la cabeza colgando sobre la Borda luchando con toda mi alma frente a ese imantado fondo azul. Recogió la vela y casi al instante, al unísono el barco poco a poco se fue estabilizando hasta el punto de apercibirse un suave balanceo acunándome.

En los mismos instantes que el barco se fue estabilizando, mi ser volvió a ser mi yo. Al levantar la vista mi rostro se dio cuenta de que el viento había amainado hasta convertirse en una leve brisa, suficiente para mitigar el abrasador sol que castigaba mi osadía.

Sólo veía agua, me pregunté que tipo de fascinación podía tener el mar para que algo tan monótono y a la vez tan bello pudiera hipnotizar a todo aquel que osaba probarlo, al fin y al cabo, en tierra, la montaña y el campo te ofrecía diferentes matices con diferentes tonalidades conforme ibas explorando.

Al ver al viejo capitán sabía que todas mis preguntas tenían a él como respuestas. Ese aire de seguridad, se saberse poseedor de la porción de mar que navegaba me dio a entender que lo que realmente hipnotizaba del mar era ese control de la libertad, el mar daba libertad, aún siendo algo tan monótono el mar no se regía apenas por norma alguna, estabas tú y el vacío en forma de agua salada, te daba soledad pero también autosuficiencia.

Eso era lo que dibujaba la cara curtida por el sol del viejo capitán. El saberse tener el control de la libertad en un inmenso vacío que sólo él podía proporcionar formando antítesis de un prisionero en su propia libertad.

Cerré los ojos para dejar potenciar mis otros sentidos, la brisa acarició mi cara, el olor a salitre embadurnó mi olfato, la sal del ambiente la percibió mi gusto y el traqueteo de las olas colisionando con el velero ofreció música a mis oídos, y ahí en ese preciso espacio-tiempo, con los ojos aún cerrados entendí qué era lo que tenía que sentir en las calurosas noches de luna llena a bordo de su velero el viejo y solitario capitán.


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